La serpiente obediente

Ilustración y texto Alejandra Collado*

Desde que era pequeña la prepararon para ser una linda muchacha. Al huevo que la incubó le dibujaron una sonrisa feliz, unos ojos de largas pestañas (“pispiretos” les dicen) y le pusieron un cursi gorrito rosa cuyo encaje le resultaba incómodo aún a través del cascarón.

Como a su mamá la avergonzaba ser una serpiente, decidió que lo mejor sería que creciera como niña, para que después se convirtiera en una buena mujer (“como dios manda” dicen). Así que la puso a las puertas de una escuela de niñas, donde le enseñarían a ser una mujer normal, y no una serpiente rastrera.

Cuando abrieron las puertas, las monjas del convento pensaron que era una broma. Pero como no sabían de qué era el huevo, y les pareció una ternura, la adoptaron. La cuidaron como se les hizo correcto, ya que no sabían de sus necesidades. Y un día el cascarón comenzó a romperse.

Al descubrir lo que era nadie quería hacerse cargo de ella. Le tuvieron miedo, aunque era una bebé. Le dijeron que era peligrosa, de sangre fría, símbolo del pecado y culpable del mal del mundo sólo porque nació en un cuerpo de serpiente.

Por suerte, una niña, de esas rebeldes, cuidó de ella. La alimentó, le enseñó a hablar, a vestir como ella y a bailar. Cuando esta se hizo mayor y salió de la escuela de niñas, llevó consigo a la serpiente que bautizó como Lili.

Lili estaba maravillada con la vida exterior. ¡Ya quería crecer y convertirse en mujer! Se maquillaba para verse guapa, usaba un lindo brassiere y aprendió a andar en una zapatilla que, aunque le apretaba la cola, la hacía ver más delgada y estulizada. Lo malo es que nadie la veía como una mujer… todxs le tenían miedo.

Las mujeres la criticaban por esa necedad que tenía de estar cambiando de piel. Lo que no sabían es que era una necesidad y que ella trataba de ocultarla, de permanecer siempre igual: sonriente y guapa. Pronto aprendió a odiar a su especie, y cuando veía a otras serpientes sin zapatilla y brassiere, las “barría” con la mirada, como si no fueran seres vivos.

Tuvo algunos novios que, aunque eran irremediablemente atraídos a ella por su originalidad e intensidad, siempre terminaban echándole en cara que sólo era una serpiente, y las amigas y familiares de ellos hacían todo lo posible porque sus relaciones terminaran.

Incluso su mamá adoptiva, la que la había criado, la sacó de su vida porque su marido le dijo que no podía tener una serpiente en casa, que era peligrosa. Así que se quedó también sin casa. Un día se dio por vencida y dejó de intentar ser una mujer. Se arrastró triste por un tiempo. Aceptarse serpiente es una de las cosas más difíciles que tuvo que hacer. Incluso más que aprender a andar en una zapatilla.

Cuando por fin se acercó a otras de su especie, casi todas le contaron que alguna vez se esforzaron en ser unas “mujeres de bien”. Se enamoraron, quisieron ser madres y buscaron verse como algo que no eran, sintieron culpa por haber nacido serpientes.

“Nosotras somos serpientes, mudamos de piel constantemente, combinamos con todas las tonalidades de la Tierra. Tenemos veneno para defendernos, no les necesitamos. Por eso nos tienen miedo”.

Lili pasó por muchas etapas claroscuras para llegar a comprender que ella en realidad no tenía ganas de ser una mujer, que las serpientes no podemos (ni necesitamos) ser mujeres. Lo único que había buscado siempre era algo de cariño. Entonces dejó de buscar el amor de otras personas que no comprendían lo que era y comenzó un proceso de autoconocimiento y auto amor que sigue hasta hoy. Que cambia y cambia como su piel.

A veces, si tiene ganas, se sube en una zapatilla y sale a la calle. Otras veces, se ondea por el suelo orgullosa de ser una serpiente. Ha tenido uno que otro novio de quien disfruta enredarse en su cuerpo y sentir un calor humano correspondido, aunque también conoció el amor con otras amigas serpientes cuyos besos de lengüita bífida también se sienten bien… la verdad es que es mucho mejor que con los humanos, que en su mayoría tienen complejo de superioridad frente a las serpientes, o mejor dicho, frente a todo lo que sea diferente. Pero no se presiona, está en un cambio permanente de piel y se siente feliz con ello. Por fin dejó de obedecer.

Serpiente obediente

* Alejandra Collado. Comunico-loca, poeta, riot, libre y loca. Master on women’s studies. Investigadora abyecta con serias debilidades por las cosas enfermas, proscritas y/o rotas.

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